Banderas y sensibilidades

                                                                        Víctor Manuel Arbeloa

DN y El Mundo, junio de 2015

A muchos nos gustaría que nuestro alcalde de Pamplona no nos mintiera, ni nos disimulara y ocultara sus intenciones, sus propósitos y sus hechos. Como ocurrió cuando hizo ondear la bandera vasca, la diseñada por los hermanos Arana Goiri, oficial en la Comunidad Autónoma Vasca, y declaró después que lo había hecho en homenaje a la presencia de no sé qué parlamentarias vascas de Bildu. Con ese criterio, que no es exactamente el contemplado por la ley, los balcones de todos los ayuntamientos podrían llenarse de banderas, en fiestas o no, invitando, cuando se quiera, a unos y otros personajes de cualquier lugar del mundo.

Por ejemplo, cualquier día que pase por Viana el vecino alcalde de Logroño, luciría en el balcón de la ciudad navarra la bandera riojana. Cuando el jesuita Alberto Pérez tire el cohete de las fiestas de Tudela, el alcalde izquierdaunidista podría hacer ondear la bandera de la Ciudad del Vaticano. Y lo raro es que no se desplegara la bandera francesa en el balcón central del ayuntamiento de Pamplona, cuando hace unos días nos visitó el alcalde de Bayona. Qué despiste, ¿no? ¿O no tienen, además de la vasca, una mala bandera francesa que poner?

Dejémonos de bromas.

El argumento principal, utilizado por casi todos los defensores de la bandera vasca es que representa a muchas sensibilidades en Navarra o a una parte de las sensibilidades de los navarros. Para empezar, ¿qué es eso de las sensibilidades? Sensibilidad, aparte de calidad de las cosas sensibles, es la facultad de sentir, propia de los seres animados. Pero en el hombre la sensibilidad es parte integrante de su inteligencia sensible, que abarca la razón, la voluntad, la memoria, los sentimientos, y ninguna de estas facultades, que distinguimos en la unidad de la inteligencia humana, va por libre ni campa por sus respetos: todo acto intelectivo es sensitivo y viceversa. Así que, tratándose de actos relacionados con banderas, símbolos de cualquier clase, arte, amor, amistad, repulsa… son actos de la inteligencia humana completa, con mayor o menor grado de razón, volición o sentimiento.

Pero las banderas políticas, que son símbolos -representaciones sensorialmente perceptibles de una realidad-, no representan “sensibilidades”, ni siquiera convicciones, voluntades ni proyectos de las personas. Representaron un día la realidad del señor feudal, caudillo, príncipe, rey absoluto, y luego pasaron a representar a las regiones, países, reinos…, y sus pueblos respectivos. Hay otras banderas, no políticas, que representan empresas, asociaciones, organismos, clubes, y hasta estados de opinión, como puede ser la bandera del arco iris.

Si la bandera de la Comunidad Autónoma Vasca tuviera que estar en los balcones, por representar opiniones, convicciones, deseos, “sensibilidades”, procedencias, lenguas… debieran estar, desde luego, las banderas de los países de los emigrantes residentes y otras muchas más. En muchas localidades navarras, verbi gratia, se habla mucho más árabe, búlgaro, rumano, o inglés que vasco.

Y no me vengan con el ejemplo de Ultrapuertos y del País Vasco Francés, porque las comarcas y los departamentos franceses no tienen bandera propia. Si llegan un día a ser una Comunidad, al estilo de las españolas, ya veremos qué bandera eligen. Viniendo más cerca, ¿en cuántos ayuntamientos vascos, regidos por el PNV o por Bildu, pusieron en lugar preferente la bandera española junto a la vasca, antes de que les obligaran por ley?

Por otra parte, a los ignaros arcaicos, que todavía repiten eso del “trapo” de las banderas, hay que recordarles que sería tanto como decir con desprecio que los símbolos más importantes y útiles del hombre, los números, las letras… o el dinero son sólo tinta o papel. ¿Y?

Volviendo hacia el caso de Navarra. No, no es un tema menor, aunque lo parezca. Quien sabe algo de semiología, y de historia particularmente, sabe lo que digo. Es de esas cosas culturales, espirituales que tienen mucha influencia en la convivencia y hasta en las cosas de comer, por si así alguien lo entiende. ¿Problemas de esencias, de pertenencia? No sólo eso: problemas de vivencia, de convivencia, de co-existencia. “¡Problemas de identidad!”, dicen algunos con desdén. ¿Y les parece poco la identidad? ¿Pueden vivir ellos sin saber, sin querer ser lo que son? ¿O no son nada ni nadie? No hagamos como tantos que, dándoselas de “progres” internacionalistas aquí, en España, tras renegar de la bandera nacional española -la histórica, la de hace tres siglos- juraban con entusiasmo la bandera soviética en Moscú o gritaban: “¡Patria o muerte!”, bajo la bandera de Cuba.

De un Gobierno nacionalista-independentista vasco -que algunos simples, simplistas o simplificadores llaman “nacionalista” sin más- no podemos esperar mucho en este ámbito, como acabamos de ver, y como lo veremos de continuo. Sólo deseo que “el cambio” en este punto no sea un cambio a peor y más traumático. El error mayor tal vez esté en el empeño de no incluir en la bandera secular navarra todo lo vasco que hay en la Navarra histórica, como suele repetir Patxi Mendiburu. Tanto hablar del Estado navarro, del Reino de Navarra, de la “lingua navarrorrum”… ¿y luego le ponen a todo eso la bandera de los Arana Goiri?

Lo peor es que no habrá paz, y la vida en Navarra será más difícil, mientras entre todos no seamos capaces de reconocer, respetar y honrar, sin reparos y también sin fanatismos, nuestra propia bandera. Navarra, como toda Comunidad, como todo País, como toda Nación, merece tener su símbolo político, su bandera.


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