En el centenario de Rafael García Serrano

 

Jesús Tanco Lerga.

El 11 de febrero de 2017 se cumple el siglo del nacimiento del escritor, periodista y pamplonés de pro Rafael García Serrano que murió en la capital de España el 12 de octubre de 1988. El ejercicio profesional del periodismo no le impidió la brillantez literaria de la que ha hecho gala en su abundante obra. Supo ensartar en artículos, crónicas y columnas en las publicaciones periódicas donde ejerció un estilo fresco, sagaz e irónico, con datos contrastados muy aderezados en un vocabulario rico en variedad y expresión costumbrista. Sus referencias a Pamplona y resto de Navarra fueron constantes a lo largo de su vida de escritor de cincuenta años, como asimismo estuvo presente en su literatura de compromiso la Gran Guerra Civil como denominó en alguna ocasión a la Guerra de España de 1936-39. Falangista militante desde los 16 años en que se incorporó a la facultad de Filosofía y Letras de la Central en Madrid hasta su muerte en 1988 fue un ejemplo de coherencia en su actitud política que entendió como un servicio al Nuevo Estado que emergió después del primero de abril de 1939. Muy crítico con la degradación ideológica en el Movimiento Nacional de los postulados joseantonianos, sufrió como nadie los desengaños y deserciones de camaradas acomodaticios que claudicaron de sus principios por encaramarse al aparato del poder; fue crítico y diría yo, profeta del devenir de la transición política hacia la monarquía constitucional juancarlista que se inició con el declive de la salud y después muerte de Franco a mitades de la década de los Setenta. Es una excepción a la regla general de que los escritores comprometidos ideológicamente aminoran su valor literario en lo que dicen o escriben. Su vocación literaria sobrevivió a la tarea profesional día a día en los periódicos, revistas y agencias donde figuró su pluma fina y galana.

Rafael era hijo de Eladio García, navarro de Falces, e inspector de Enseñanza en Navarra. Su gran formación humanística la adquirió después de los estudios pamploneses en la facultad de Letras en la Universidad Central de Madrid, en su época dorada bajo el decanato de García Morente. Recuperado en su convalecencia después del quebrantamiento de su salud en los frenes, se vincula al diario buque insignia de la prensa del Movimiento Arriba, como redactor 1945-1956 en que pasó a director, cargo que desempeñó durante un año; asimismo fue corresponsal de Arriba y del grupo en Roma en los años aledaños de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1956 a 1974 fue director de Siete Fechas, que simultaneó con el de director del semanario gráfico y de cine, Primer Plano (1960-65) En los años 1974 y 1975 fue designado director de la agencia de noticias Pyresa que surtía de contenidos a los periódicos de la Prensa del Movimiento que con gran pesar suyo, en los años siguientes vio desmantelar. En 1980 figura ya como colaborador destacado del diario El Alcazar donde termina su carrera periodística en la que tuvo distintos galardones como el de Periodista de Honor de 1969 y mucho antes, en 1950, el Premio Nacional Francisco Franco.

En 1951 contrajo matrimonio con Araceli una chica de la Sección Femenina que conoció en la ruta cultural y folklórica, que la obra de Coros y Danzas de esta rama del Movimiento organizó por diversos países de la América sureña y central, durante un semestre al filo de los años 50-51. Se casó en Mallorca en 1951 nada más desembarcar del barco Monte Ayala, que en versión reducida como el Juan Sebastián Elcano, llevó a España por las latitudes de las tierras civilizadas después de 1492 en las Indias Occidentales. Este periplo de manifestaciones de bailes y cantos por la Argentina, el Perú, Panamá, Colombia, Venezuela y Puerto Rico fue narrado con sus crónicas en el diario Arriba y recogido en un excelente trabajo de quinientas páginas en el libro Bailando hasta la Cruz del Sur (Planeta, 1984), que recoge apuntes intimistas del flechazo y noviazgo con su mujer. Sometida España al bloqueo internacional y apoyada por un puñado de naciones hermanas que apostaron por su reconocimiento y colaboración, el libro es un reflejo de cómo con las emociones, los sentimientos, el corazón en forma de embajada de música y danza, se pueden vencer murallas de incomprensión y muros de cerco. Araceli, Aita en el ámbito familiar, le dio a Rafael siete hijos, uno de ellos, del mismo nombre, murió a los dieciocho. Otro, más pequeño, Eduardo sigue la vocación periodística de su padre, y quienes hemos podido seguirle vemos en él muchas cualidades de su padre. Sus hijas han seguido también esa familiaridad radical que en la casa navarra se vive o ha vivido hasta los tiempos presentes. Al poco de morir su mujer acudí a su domicilio madrileño a darle el pésame a Rafael indicándole que tendría el acompañamiento y consuelo de sus hijos. Con delicadeza me soltó lo siguiente:

Jesús, ya sabes lo demócrata que soy; pero en esto, como lo que se elige nada…

Acudí a él para que me diera alguna pista más de las que manejaba cuando acometía mi tesis doctoral sobre Manuel Aznar, periodista y diplomático Aznar (1893-1975) otro gran periodista navarro pertenecía a un grupo intelectual distinto a él; formado en los Seminarios de Pamplona y Madrid, tras un paso por el periodismo militante integrista y nacionalista, participó en la promoción y dirección, de uno de los mejores periódicos que ha habido en España, El Sol , de línea reformista, centrista y con veleidades republicanas. Es otro gran escritor y diplomático de nuestra tierra por conocer; a suplir esta carencia, creí contribuir con la tesis doctoral leía en la Universidad de Navarra en 1990 y publicando una biografía en Planeta en 2004. Con Rafael hablábamos de otros periodistas nuestros como Joaquín Arrarás, también desterrado del horizonte cultural dominante, situado en El Debate, periódico dirigido por Ángel Herrera, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, y que fue exponente de la prensa católica y moderna. Rafael no sintonizaba tampoco con estos periodistas ahí encuadrados en lo que llamó alguna vez los nacionalseminaristas alos que culpaba de haber retenido diez años sin publicar por su influencia en la censura, una obra para él fundamental, Plaza del Castillo, por considerar que en sus páginas había contenidos frívolos. Él se movió como pez en el agua en el mundo de la prensa azul y ocupó puestos dirigentes en Arriba España –primer periódico de la Cadena del Movimiento- en Pamplona, y después con perspectiva nacional en Arriba, Siete Fechas, agencia Pyresa, por ejemplo. Su última y brillante etapa periodística la hizo en el diario El Alcázar, después de ser liberado y son palabras textuales del Opus. Rafael, y no era el único, identificaba, en los años Sesenta a la Obra con los tecnócratas ministros franquistas que se situaban en las carteras económicas del Gobierno ye especialmente en los departamentos del entorno de Laureano López Rodó y la Comisaría del Plan de Desarrollo. A este grupo le achacaba haber acabado con la ilusión y el patriotismo de la España que después de la Guerra se abría paso en el concierto de las naciones y ganaba muchos puestos en la reputación mundial pero al mismo tiempo se desvirtuaba lo que había dado sentido al 18 de julio y en la paz, a todo el esfuerzo de aglutinar fuerzas políticas diversas en torno al Movimiento Nacional. Muy crítico con la Transición a la democracia, murió con las botas puestas firme en sus postulados, escribiendo en El Alcázar un dietario de gran altura literaria y de desencanto irónico ante lo que el había preconizado desde tiempo atrás, con la designación del príncipe Juan Carlos como heredero, el nombramiento de Adolfo Suárez, ministro Secretario General del Movimiento, en 1976 y la redacción de la Constitución, que para él, sobre todo en lo referente a las autonomías, fue una flagrante concesión a los movimientos separatistas.

Yo andaba en la órbita reformista ucedera antes de diciembre de 1978, con una tesis doctoral en la Universidad de Navarra en el estudio acerca de Aznar en marcha, con amigos en el sector tradicionalista, hablaba con Rafael con la sinceridad familiar de un paisano de tales cualidades humanas de lealtad, de autenticidad, de coherencia que para mí los encuentros fueron lecciones de periodismo, de bien pensar, de esa navarridad integrada en el españolismo patriótico, y en una perspectiva de la vida que ponía en sitio muy relativo los honores, los homenajes, los premios y distinciones. Nunca agradeceré que me facilitara esta oportunidad a uno de los íntimos de Rafael, a quien yo conocí en los años Setenta en la Academia de Cultura Superior, por otro nombre, Peña Pregón, y después en la Asociación de la Prensa donde le sucedí en la presidencia. Rafael sintonizaba en la onda de la amistad, con un afecto que le desbordaba, con personas de distinta afiliación política, siempre que fueran también de una pieza, como él. Así tuvo un reconocimiento muy especial a personas de sensibilidad carlista diferente pero con valiente hoja de servicios como   Javier Nagore, Jaime Del Burgo o Javier María Pascual, por ceñirnos al entorno más familiar navarro. Y especialmente, trató con un gran respeto y sin rencor alguno a quienes en la Guerra Civil estuvieron en la trinchera contraria jugándose la vida; por supuesto, mucho mayor que a los de ideología más próxima que en la retaguardia alardeaban de honores que no merecían o que después, se aprovecharon de prebendas a las que nunca debieron acceder. En 1986, echando la vista atrás y en su columna de El Alcázar de 29 de octubre, afirma su adscripción falangista sin paliativos: “Tenía yo 16 años cuando fui alcanzado por el mensaje de la Falange, el mismo día 29 de octubre de su fundación. Ni yo mismo me imaginaba que aquello iba a durar ‘hasta que la muerte nos separe’ De todos modos, fue un amor a primera vista y nunca traicionado” En el mismo artículo alude a que La Falange usó de la violencia. No la inició. Fue invitado por sus enemigos a defenderse primero y a atacar después. La violencia estaba en el aire y el aire lo respirábamos todos” De ofrecimientos de cargos tenemos varios testimonios personales como el de José Antonio Elola, jerarca de la Falange y así relata el destinatario su reacción: “Cuando me dijo que me necesitaba para jefe nacional del SEU estuve a punto de desmayarme, pero no de gusto, sino de susto…conseguí convencerle de que yo no tenía ni una pizca de vocación política, que yo lo que quería era escribir en los periódicos y hacer novelas y libros de viajes” Más adelante le propuso ser gobernador civil, pero en el mismo dietario de 14 de agosto de 1985, resaltaba que “Mi vocación de Poncio era mucho más escasa que mi vocación para el jefe del SEU” Según el mando frustrado fue el propio Régimen el que se cargó a su obra predilecta, el SEU, Sindicato de Estudiantes Universitarios, y el Frente de Juventudes. Sin ellos el propio Régimen estaba llamado a desaparecer.

En los años Ochenta el Rafael que yo conocí había aprendido a ser mitad monje y mitad soldado, parecía un asceta, mejor, tenía una triple faceta ascética: la religiosa con un catolicismo natural y fuerte a la navarra sin clericalismos pero con vivencia profunda interior; la ascética del combatiente que comenzó en la facultad de Letras dándose mamporros con la FUE y que terminó con el último artículo de su pluma, y la ascética del intelectual, que mucho piensa, lee y asoma la cabeza del iceberg de lo que comunica a los demás.

La obra de García Serrano es inmensa y ha sorprendido a quienes se han atrevido a asomarse a ella. Tuvo unos devaneos poéticos en 1934 con un libro en verso –Cock-tail- que compartió con José María Pérez Salazar, maestro del soneto. En 1982 tuvo otro desahogo poético en Poemas desangelados. Compaginó su trabajo en las redacciones y rotativas con el de escritor de libros, unos recopilatorios de artículos o crónicas, otros de narrativa amena y realista de sus vivencias, fundamentalmente de sus vivencias bélicas, sin olvidar la ficción, el teatro y los guiones preparados para el cine o televisión, entre otros géneros que cultivó en su larga trayectoria profesional.

Colaboró directa y decisivamente en los primeros años de Arriba España , en el tiempo que su convalecencia de salud tras la incorporación como voluntario al frente en una bandera de Falange de Navarra; trabajó junto a su mentor periodístico, intelectual y religioso, el sacerdote pamplonés don Fermín Yzurdiaga (1903-81) que se esforzó desde las altas esferas de la Jefatura de Propaganda de Falange para que el nuevo movimiento juvenil no se desviase de la doctrina social de la Iglesia y se acercase a líneas nacionalsocialistas en el periódico falangista pamplonés, situado en la calle Zapatería, a unos pocos metros de Diario de Navarra, donde don Fermín había colaborado activamente y conocido a otro falangista e intelectual, el escritor Ángel María Pascual, íntimo de Rafael y futuro director de Arriba España. En torno al Cura Azul como se apodaba en algunos ambientes a Yzurdiaga, se refugiaron o reunieron unos cuantos intelectuales nacionales, incómodos para los directores de las campañas bélicas, pero que alentaron la causa de los alzados. Con Eugenio d´Ors como figura más representativa, estuvieron varias cabezas y plumas destacadas de la cultura como Luis Rosales, Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Laín Entralgo, en el que se llamó grupo de Pamplona, al que la cercanía de la frontera y la buena relación con grupos culturales de San Sebastián, Vitoria o Burgos daban una cierta seguridad. En 1938 cuando el obispo pamplonés don Marcelino Olaechea consiguió que don Fermín Yzurdiaga se apartase de la política falangista activa, García Serrano en presencia o a distancia, siguió marcando líneas en este periódico pionero de los luego llamados del Movimiento. De 1938 es la primera edición de Eugenio o la proclamación de la primavera que escribió a pie de cama de hospital de guerra pamplonés y que recoge el ambiente previo al enfrentamiento bélico de las dos españas con minúscula que no se aguantaban. La fiel Infantería es considerada una continuación de la narración bélica personalizada. Con esta novela ganó el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera en 1943. A las pocas semanas de su publicación, en enero de 1944 fueron recogidos los ejemplares de las librerías por la policía según el autor “gracias a la denuncia del arzobispo primado de Toledo y a la pasión eclesial de Gabriel Arias Salgado y permanecería secuestrado durante catorce años” A los catorce años el mismo ministro de Información y turismo autorizó una segunda edición que publicó en una editorial que montó el autor con Antonio Hernández Navarro y un puñado de amigos en la editorial que llamaron Eskua, en vasco mano, pero que por algún desfalco o desbarajuste en la distribución, tampoco pudo ser comercializada. Después vinieron más ediciones con miles de ejemplares.

Con más sosiego y mejor calidad literaria saldría en 1951 Plaza del Castillo con un titular más estirado: “ la vida de Pamplona y su gran fiesta en un extraordinario episodio nacional contemporáneo” y está fechada en marzo-mayo de 1951, justo después del viaje por Hispanoamérica. Es una descripción realista y muy bien enmarcada de los Sanfermines de 1936 precursores del estallido civil y militar de apenas cuatro días después del Pobre de mí fin de fiesta. La editorial Planeta hizo una buena tirada en su edición de 1981 La última edición que he leído es la contenida en la Biblioteca Básica de Navarra a cargo de Diario de Navarra, en 1903. En la presentación el editor José María Domench califica al autor pamplonés como “Un hombre de principios. Católico y falangista. Falangista y católico. Principios que mantuvo durante toda su vida, hasta la muerte. Pero también un hombre que se pone en el lugar del otro, que aprecia la humanidad del contrario aunque no comparta sus ideas, ni sus acciones” En el mismo libro en unas líneas de una semblanza final, su hijo Eduardo dice que su emblemática Plaza del Castillo y los Sanfermines de 1936 conforman el escenario desde el que Rafael García Serrano cuenta, crea y recrea, con una prosa que se paladea con los cinco sentidos, el ambiente, las pasiones y las razones, el amor y el odio, el dolor y la alegría de aquella España El libro está dedicado a Francisco Barrragán, Joaquín Arraiza y Jesús Machiñena. El propio García Serrano y algunos estudiosos de su obra han agrupado en la Ópera Carrasclás o novelas de la gran Guerra Española a Eugenio o la proclamación de la primavera; La fiel Infantería, Plaza del Castillo, Los ojos perdidos; La paz dura quince días, y La ventana que daba al río. Esta última escrita en 1962 y a la que quiso titular La otra orilla que ya daba nombre a otra obra de distinto autor, ha conocido una última edición en Homolegens en 2011 y cuenta los episodios iniciales de los avances del ejército y milicias nacionales hasta la toma de Irún, con la perspectiva de la frontera francesa en la que se alquilaban terrazas de bar con vistas a la guerra de España, como espectáculo bélico mientras a pocos kilómetros se luchaba fieramente en el frente guipuzcoano para cerrar el acceso a la frontera y está dedicada a uno de los protagonistas compañero de fatigas del autor, Alberto Fernández Galar.

Quizás el libro que más elogios de crítica y de expertos académicos que haya tenido nuestro Rafael haya sido Diccionario para un macuto dado a la imprenta en 1964 (Planeta), después de cuatro años de elaboración y dedicado a “Francisco Franco, el general de mi juventud. Y a todos los que entonces quisieron una España nueva, la quisieran como la quisieran y donde la quisieran” Se trata de glosario de voces, tanto de vocabulario como de expresiones o locuciones a manera de diccionario comenta aspectos de la vida militar y civil con un estilo ágil, original y lleno de anécdotas y vivencias. Procura el autor según sus palabras que ni un solo vocablo o expresión quede huérfano del texto que lo autorice como es debido, y que además lo ambiente, lo sitúe en su época, en su aroma, en su ya lejano gesto. Como muestra de la variedad y singularidad de las glosas citaré las diez primeras y otras tantas del final: macuto (morral del soldado), parche (trozo de tela negra donde se prendía la estrella de los alféreces provisionales –Rafael fue uno de ellos-), caloyo (cordero o quinto sin bregar), harka (unidad indígena irregular en Marruecos), caído (muerto en combate), leer el periódico (despiojarse en el frente), Atilano (capitán artillero enemigo de buena puntería), milicianos de la cultura, la Gloriosa (aviación roja), dolor de garganta (miedo), la bien pagá (otra denominación de la aviación republicana) …voluntarios, incautar, era azul, chapar, sanseacabó, gafe, el tubo de la risa, Términus, internacionales, bayoneta. Cada voz con un comentario jugoso y personalizado.

Una obra póstuma ha vuelto a recalcar el estilo y el temple de Rafael García Serrano. Es el libro que salió en 1992. Cantatas de mi mochila. Contiene aportaciones valiosas a los himnos, a las coplas, a las canciones muy diversas de los soldados en guerra. Empieza el libro con un estudio comprensible y ameno del himno nacional, del Cara al Sol de la Falange, del Oriamendi carlista, para relatar canciones de las banderas de Falange, de tercios de Requetés y de la Legión. Se adosaron en el libro de Movierecord Ediciones varios trabajos inéditos como los referidos a los desfiles, Carlos Ruiz (Viriato) jefe de una bandera de falangistas navarros, un canto a la Navarra de su corazón bajo el epígrafe de ¡Aquella Esparta de Cristo! Y cierra la obra unos dietarios escogidos, las intervenciones de Javier de Lizarza y Jaavier María Pascual en el homenaje que la Comisión de Navarros en Madrid ofreció en Madrid a Rafael García Serrano el 12 de mayo de 1983, más unos comentarios a la vida y obra suyas de Emilio romero, Jaime Campmany, con el epílogo laudatorio del otrora combatiente carlista, notario y también alma de poeta, Javier Nagore. Por cierto, la parte del libro exclusivo de los himnos, coplas y canciones figuró además en otra obra colectiva Navarra fue la Primera (1936-39) –Sahats, 2006- que compartió índice con las Memorias de la Conspiración de Antonio Lizarza, En la Primera de Navarra de Javier Lizarza, Cómo gano Navarra la Cruz Laureada de San Fernando de Ramón Salas Larrazábal, La violencia y el orden de Álvaro d´Ors, tras el prólogo de Stanley G. Payne.

El premio Espejo de España de 1983 fue concedido por Planeta a Rafael García Serrano por su obra La gran esperanza que el jurado (José Manuel Lara, Rafael Borrás, Manuel Fraga, Ramón Garriga y el teniente general Díez Alegría) vio como una aportación a la tarea de esclarecimiento de las complejas realidades peninsulares de toda índole –humanas, históricas, políticas, sociológicas, económicas- que nos conforman individual y colectivamente. Es, según se lee en su pórtico, una imagen testimonial, desenfadada y polémica llena de melancolía y humanidad de una generación española que ha hecho Historia. En este libro que ha sido calificado como de Memorias muy bien trabadas y escritas, me cita junto a José María Pérez Salazar, Baldomero Barón y José Joaquín Arazuri, como colaborador por haberle dado algunos datos y referencias navarras. En el capítulo de agradecimientos figuran además sus compañeros del SEU de la facultad de Letras de Madrid en 1933-36, Eugenio Lostau, Dionisio Porres, Pepe Cuevas y Jesús Revuelta, además de Pepe Armendáriz, compañero de armas, y los escritores Dámaso Santos y Javier Onrubia. Enrique de Aguinaga, amigo común, me recuerda a menudo esa amistad sincera y franca que caracteriza a los hombres de bien y que perdura a través de las décadas. Es uno de los intervinientes en el acto de homenaje ofrecido a Rafael en el mismo día de su centenario en el hotel Velázquez de Madrid. En su dietario de 29 de octubre de 1983 comentaba el autor de La Gran Esperanza, el comienzo de la redacción esa misma semana de la segunda parte del libro premiado y así se lo comentó al editor Rafael Borrás. No salió el segundo volumen, aunque los últimos dietarios siguieron en la línea de esa memoria apabullante de vivencias grabadas a fuego y que eran expuestas con su genial estilo literario en un periódico que sin recursos económicos, cerrada cualquier tipo de ayuda institucional, tenía los días contados.

En el género audiovisual trabajó en guiones de películas muy populares después de la Guerra. Creo que la primera irrupción en el Séptimo Arte fue en 1951 con Ronda Española, llevando a la pantalla lo más destacado del crucero de Coros y Danzas por la América Hispana, como afirmación internacional de propaganda. A continuación, La Patrulla, bajo la dirección de Pedro Lazaga –que ganó el premio a la mejor dirección del Festival de San Sebastián – en 1954, donde además de guionista es actor secundario; luego vinieron con la misma batuta otros títulos como Los económicamente débiles (1960) Tú y yo somos tres (1962), Por qué morir en Madrid (1966), Los Ojos perdidos (1967) donde además de guionista fue director, Novios de la muerte (1975) y A la legión le gustan las mujeres (y a las mujeres les gusta la legión) en 1976. Y no tengo el año de la puesta en escena de El marino de los puños de oro donde también figuró como guionista. Quizás fue la que más resonancia tuvo La Fiel Infantería (1960) de la mano de Pedro Lazaga y con la participación de un reparto de lujo en el que se encontraban entre otros: Analía Gadé, Toni Leblanc, Arturo Fernández, Laura Valenzuela, Ismael Merlo, Julio Riscal, Jesús Puente, , fue una de sus obras llevadas al cine. En el obituario de Rafael Gil (24-X1986) aludía al guión de su novela “El último tren de la guerra” que por dificultades económicas o burocráticas no cristalizó en película. La Filmoteca de Navarra dedicó a Rafael García Serrano un ciclo sobre sus aportaciones al cine en mayo de 2013 presentado por el prof. Alberto Cañada Zarranz. Su colaboración y luego dirección en la revista Primer Plano es exponente de su alto interés por la fotografía, la imagen y el cine que cultivó desde muy pequeño cuando acudía al cine colegial o de parroquia en su Pamplona escolar.

Autor de un cortometraje Sucede en San Fermín producido por No-Do se sitúa precisamente en ese afán permanente de ofrecer el ambiente festivo y taurino de su Pamplona natal. En esta línea, el primero de abril, en que se celebraba el día de la Victoria, de 1963 la incipiente Televisión Española emitió un programa realizado por García Serrano sobre Navarra en el que armonizó estampas folklóricas como los korrikolaris con otras imágenes de la Guerra Carlista, además de una evocación de los partes de Guerra, con la colaboración de José María Iribarren, secretario civil de Mola, y de Rufo Ayestarán requeté de Artajona que era el cornetín de órdenes con el que se anunciaba y despedía el Parte diario. En los XXV años de paz, en la serie de publicaciones que en 1964 promovió el ministerio de Información y Turismo, el periodista pamplonés hizo la introducción destacando el decisivo papel que tuvo Navarra en el desenlace de la Guerra. Esta tesis va a estar presente en la abundante producción de un escritor marcado como tantos de su generación por la Guerra Civil.

Manuel Iribarren en su libro Escritores navarros dice de él: “Su prosa directa, incisiva, vital, excluye el lugar común. Le fluye ingeniosa como algo consustancial a él. Vivió intensamente nuestra guerra de Liberación en los frentes de combate y en la retaguardia y su producción se nutre casi exclusivamente de este tema” Se refiere Manuel Iribarren a los libros que más han circulado porque la temática taurina y sanferminera por ejemplo, con el título Los Sanfermines (1964) es un buen ejemplo, así como Toros de Iberia, en ediciones Morea de Pamplona (1974). Parte de las seis historias que contiene el libro se adosan a Las vacas de Olite, otro título en Planeta (1980) en el que se describe de manera preciosa el ambiente de los encierros y corridas de esta ciudad Navarra de la mano de dos toreros locales El Chato Gilito, carlista, y El Capitán Gabari, republicano, con Chaverri, El Chico de Olite, subalterno de otras figuras y El Obispo, torero de Tafalla, y es un magnífico libro de concordia social y pacificación de espíritus. Sobre El Chato Gilito también en bonita prosa ha tratado recientemente Mikel Azuermendi En El Requeté de Olite (2016) El conocimiento tan estupendo de Olite, de sus costumbres y sus gentes se debe en gran parte a la amistad desde su época de estudiante con su correligionario y catedrático en el Instituto Príncipe de Viana y en el Estudio General de Navarra, el olitense Juan José Ochoa. También está presente en su bibliografía la proyección hispánica en el Nuevo Mundo con el título de Los dioses nacían en Extremadura (1949) y la ya citada de Bailando hacia la Cruz del Sur Precisamente el último libro dado en vida por Rafael a la imprenta, también en Planeta, V Centenario, trata de una forma diría profética o mejor apocalíptica de la deshispanización de España troceada en las autonomías y el mal ejemplo que supone para las naciones que surgieron del otrora imperio, en una historia que él calificó de entretenimiento, de anticipación política, extraña y enloquecida pero posible.

Sé que la patria chica y la patria grande de Rafael García Serrano son deudoras de un mayor reconocimiento a su ingente labor literaria y periodística. Hemos sido cicateros en esta tierra a la que amó con pasión y con sufrimiento, quizás a él le compensaron algo los buenos ratos en que con los amigos de verdad evocaba sus vivencias. Quiero poner mi granito de arena para paliar aunque sea en mínima parte, esta injusticia con esta semblanza biográfica de uno de los mejores escritores españoles, al que José Luis Martín Nogales, crítico literario califica en la Gran Enciclopedia de Navarra, como uno de los representantes de una de las tendencias narrativas que predominan en la literatura española de los años cuarenta, cuyos autores hicieron de la evocación de la guerra la fuente de inspiración de los relatos. En la Historia del periodismo, en la de la Literatura, tiene un puesto de relevancia palpable a quienes quieran ver y valorar su extensa obra. Yo lo hago desde la amistad que me tributó y en calidad de lector de sus obras, desde este rincón esquinado de España, que es la Pamplona tantas veces cantada y contada por Rafael Garcís Serrano, cuyo centenario se conmemora en estas fechas. JTL.


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