Tomás Moro, patrón de gobernantes y políticos católicos

Cesar Magaña, Párroco de San Nicolás y consiliario de la ACdP Centro Pamplona

22 junio de 2016

La palabra de Dios de este día nos alimenta e ilumina al conmemorar un año más a Santo Tomás Moro, Patrono de los Políticos y Legisladores católicos.

Cuando uno escucha en el Génesis la historia de Abraham, llamado a fundar una gran nación en la que Dios mostrará su amor y predilección, llama la atención el contexto en que se da este hecho: Dios le pide que se desvincule de todo aquello que lo ata: deja su país, su parentela y la casa paterna para marchar a donde Dios lo conduce. El cumplimiento de la promesa de hacer de él un gran pueblo y darle descendencia pasa por un camino de purificación ya que Abraham está en un ambiente politeísta, pervertido e inmoral y lleno de injusticias.

Podríamos pensar de que se trata de una sociedad donde los gobernantes y las leyes habían perdido su razón de ser e imperaba la ley del astuto y del más fuerte.

En nuestros días llegamos a escuchar que “la política está sucia”. Tal vez así la perciban algunos, pero ¿realmente es así? La Iglesia nos dice que el servicio y la vocación política son camino de santidad y Santo Tomás nos da pie para recordar la gran dignidad de esta tarea humana.

La política es el uso del poder legítimo para la consecución del bien común de la sociedad. Bien común que abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia (Gaudium et Spes,74). La actividad política debe realizarse con espíritu de servicio, es una verdadera vocación que dignifica a quien la ejerce, concretamente en el gobierno, en el establecimiento de las leyes y en la administración pública en sus diversos ámbitos.

La búsqueda de poder político y riqueza económica por encima de cualquier referencia a otros valores éticos, lleva a buscar el beneficio personal o de grupo. Por eso vemos el insoportable escándalo de las sociedades opulentas del mundo de hoy, donde los ricos se hacen más ricos y los pobres son cada vez más pobres.

Ante esta situación la preocupación esencial del hombre político debe ser la justicia. Una justicia que no se contenta en dar a cada uno lo suyo sino que tienda a crear entre los ciudadanos condiciones de igualdad en las oportunidades, y por tanto, a favorecer a aquellos que corren el riesgo de quedar relegados o de ocupar los últimos puestos en la sociedad, sin posibilidad de una recuperación personal.

La tarea cotidiana del legislador es la de elaborar leyes justas, hacerlas aprobar y aplicar. Este es un servicio muy importante que prestan al hombre, a la sociedad y a la libertad misma. Pues la ley humana, si es justa, está al servicio de la libertad, tanto en el ámbito externo social como en el interior que libera al hombre de su egoísmo.

Es un hecho que todos conocemos; en nuestros días hay un desprecio de la actividad política y de quienes se dedican a ella. ¿qué ha sucedido para llegar a esta grave situación, para tener en tan mal concepto la vocación política?

Para algunos el compromiso político se reduce a la repetición de principios no vividos o a la declaración de buenas intenciones, pero no hay la mínima preparación o competencia profesional para desarrollar el servicio político, ni tampoco la fuerza moral que les haga libres ante la presión del poder y los intereses oscuros.

La coherencia personal del político exige una correcta concepción de la vida social y política a la que está llamado a servir. El político cristiano necesita una referencia constante a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, que no es una “ideología” y menos aún un “programa político” sino que ofrece las líneas fundamentales para una comprensión del hombre y de la sociedad a la luz de la ley ética universal, presente en el corazón de todo hombre e iluminada por los principios evangélicos (Cfr Sollicitudo rei sociales,41).

Ante la compleja realidad política, en ocasiones, se actúa con un pragmatismo perverso, que dejando de lado los valores esenciales y básicos de la vida social, reduce la política a pura mediación de los intereses, o a una cuestión de demagogia “haciendo o diciendo lo políticamente correcto” o simplemente a un burdo cálculo electoral.

¿Por qué la Iglesia propone a Santo Tomás Moro como modelo y patrono de los políticos y legisladores?

En un ambiente político lleno de mediocridad en el que la conciencia se vendía al mejor postor, Santo Tomás Moro ofrecía el testimonio de la primacía de la verdad sobre el poder. Cuando en el mundo político se intentaba adormecer, coaccionar o dominar las conciencias, Santo Tomás recordaba el precio de la libertad interior.

El cristiano que actúa en política y quiere hacerlo “como cristiano” encuentra en este Santo Canciller de Inglaterra la fuerza y la inspiración que lo sostiene.

Así, los legisladores tienen la delicada misión de formular y aprobar las leyes: una tarea que aproxima el hombre a Dios, Supremo Legislador, de cuya Ley eterna toda ley recibe en última instancia su validez y fuerza obligante. Por esto afirmamos que la ley positiva no puede contradecir a la ley natural, al ser ésta una indicación de las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral y responden a las exigencias profundas y a los más elevados valores de la persona humana.

Estos valores no pueden estar fundamentados sobre las opiniones volubles de las “mayorías” sino en el reconocimiento de una ética objetiva que, en cuanto “ley natural” inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil.

En la actual sociedad pluralista, el legislador cristiano se encuentra con situaciones que contrastan y se confrontan con la conciencia. Será la prudencia cristiana la virtud que le indique el cómo comportarse sin renunciar a la voz de su conciencia rectamente formada y cumplir su tarea de legislador. No se trata de darle la vuelta a los problemas sino enfrentarlos con el testimonio de una fe coherente. En una sociedad laica debemos ser respetuosos de creyentes y no creyentes, pero nunca vergonzantes para callar nuestros principios y convicciones.

El patronazgo de Santo Tomás Moro es una invitación a seguir su ejemplo para quienes están llamados a servir al hombre y a la sociedad en el ámbito civil y político. Vivió las virtudes cristianas del buen estadista de manera ejemplar: procuró la justicia para todos, especialmente hacia los débiles, los honores propios de su cargo no le impedían vivir con el corazón libre de vanidades; actuó con prudencia para aconsejar y con la fortaleza para afrontar los peligros y dificultades; sirvió con generosidad; vivió con corazón humilde reconociendo que su dignidad y grandeza le venían de su Creador.

El respeto a la propia conciencia le permitió dar el testimonio supremo de amor a Jesucristo en la Iglesia y en su adhesión al Santo Padre; su libertad interior no pudo ser destruida porque encontró en su debilidad la fortaleza que le fue concedida desde lo alto.

La santidad de este estadista y legislador es fruto de una vida de coherencia entre su pensar y actuar, que finalmente resplandeció en su martirio.
En estos tiempos de confusión y oscuridad el miedo domina a muchas conciencias. Los católicos tenemos la certeza de que el futuro está en el Señor de la historia y que el Evangelio es la luz que ilumina nuestro caminar y que guía nuestro pensamiento y nuestra vida. Sabemos que la verdad a nadie se le impone pero tampoco se calla o se oculta privando a los demás de una perspectiva que no conocen.

El católico que vive su vocación a la acción política tiene que vivir profundamente las virtudes cristianas, debe ser un hombre o mujer que trasmita esperanza y que se empeñe con todas sus fuerzas y recursos para generar el bien para todos. “En el Señor esta nuestra esperanza, pues Él es nuestra ayuda y nuestro amparo” (Cfr. Salmo 32)

Nos ponemos bajo la protección eficaz y amorosa de Santa María, Madre del Buen Consejo, que Ella alcance las gracias tan necesarias para nuestros gobernantes y legisladores, como lo hizo con Santo Tomas Moro.

 

Cesar Magaña, Párroco de San Nicolás y consiliario de la ACdP Centro Pamplona,

22 junio 2017

Santo Tomás Moro,

patrono de los políticos

Queridos hermanos todos en el Señor,

Como es sabido, Tomás Moro, gran canciller de Inglaterra, es patrón de todos los hombres y todas las mujeres que han dedicado su vida a la noble y decisiva tarea de llevar adelante la gestión de la cosa pública , buscando el Bien Común de los ciudadanos. Tomás Moro, prestó este servicio desde una vivencia heroica de la virtud de la fortaleza, una de las cuatro virtudes llamadas cardinales, porque son eje y fundamento de una vivencia cristiana a imitación de Cristo que, en nombre de su amor a los hombres, “los amó hasta el extremo”.

Tomás Moro fue elevado al rango de gran canciller de Inglaterra, precisamente por la amistad entrañable que le unía al rey Enrique. ¿Por qué llegó a enemistarse con él hasta el extremo de hacerlo decapitar? También es bien sabido. Hubo un detonante concreto: contraer matrimonio con Ana Bolena, cuando ya estaba casado, legítimamente, con Catalina de Aragón.

Moro fue fiel a su rey y a su condición creyente. Y aquí no hubo ni medias tintas ni arreglos de conveniencia. Vale la pena leer las cartas dirigidas a su esposa y a su hija Margarita y comprender el porqué de la decisión – muy pensada y muy responsable- de Tomás Moro, incluso arriesgándose a perder su cargo -brillante y muy bien remunerado- y lo que es más decisivo, su propia vida.

El monarca insistió obtener la nulidad de su matrimonio con el fin de contraer un nuevo matrimonio que le ofreciera la posibilidad de tener un hijo de sexo masculino, que Catalina de Aragón no podía ya darle. La nulidad habría borrado la infidelidad y le habría permitido un matrimonio válido a los ojos de la Iglesia católica.

Roma no consintió la nulidad, porque el matrimonio era válido. Las sucesivas negativas de Tomás Moro a aceptar algunos de los deseos del rey acabaron provocando el rencor de Enrique VIII. Tras la ruptura con Roma y después de que Moro se negara a pronunciar el juramento que reconocía Enrique como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, el rey lo encarceló en la torre de Londres.

Finalmente, el rey, habiendo perdido ya del todo el sentido común y la altura de miras que deben caracterizar un buen gobernante, mandó juzgar a Moro, el cual fue acusado de alta traición y condenado a muerte -ya había sido condenado a cadena perpetua anteriormente- en un juicio sumario.

Otros dirigentes europeos como el Papa o el emperador Carlos V, que lo consideraba el mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero esto no sirvió de nada y fue decapitado en Tower Hill una semana después, el 6 de julio de 1535.

Tomás Moro no fue el único que se encontró en la disyuntiva de si debía seguir el rey Enrique VIII o la Iglesia de Roma. El recién nombrado cardenal John Fisher pasó por el mismo trance y también fue ejecutado.

Lo primero que sorprende en la vida de Tomás Moro es su fidelidad a la fe cristiana y la valentía de vivirla, incluso, ante la amenaza de martirio. Los mártires nos dan una gran lección de coherencia. Palabra quizás desgastada en el mundo en que vivimos, en el que prima el pragmatismo. Se piensa y se actúa para alcanzar los objetivos marcados.

Parece que para mucha gente los valores objetivos no existen, todo depende de quién habla y de lo que se quiere conseguir. Pedimos a este gran santo que interceda por todos nosotros, hombres y mujeres, que tenemos responsabilidad pública de vivir más en coherencia con lo que somos y que configura nuestras vidas, pero es necesario que lo vivamos con gran respeto a los demás. Que lo que nos dicte la conciencia, bien formada, (nuestro pepito grillo) prevalezca sobre los intereses de partido y, incluso, de los intereses personales. La imposición y confrontación no son modelo de los que nos enseña santo Tomás Moro.

Podemos pensar que los mismos males que afectaron Santo Tomás pueden también afectar a nosotros en el siglo XXI. ¿Cuáles son estos males?

Las guerras entre hermanos.

¿Cuántos países están marcados por la violencia, el terrorismo, la persecución!

Nos duele la falta de respeto de los derechos humanos, el maltrato de inocentes y personas que no pueden defenderse de cualquier tipo de violencia o desprecio.

Pero nos duele también el daño tan monstruoso que provoca la fabricación y venta de armas que favorecen este clima de violencia y de persecución.

¿Qué podemos hacer nosotros para establecer un clima de paz y evitar las espirales de violencia que se crean en nuestro entorno actualmente? Sobre todo no nos tapamos los oídos ni cerramos los ojos o miramos hacia otra dirección. Que el señor nos regale la fuerza para luchar contra la tentación de la omisión.

La prepotencia y el desprecio de los demás, especialmente de los más pobres y desprotegidos. La imagen de santo Tomás Moro que defiende la verdad y la justicia por encima de cualquier amiguismo o favoritismo es todo un icono de belleza y de fortaleza, como os decía antes.

Todo lo que sea olvidarse de los pobres y pequeños, todo lo que no sea establecer puentes de diálogo y comunión entre todos, todo lo que sea faltar al respeto a personas e instituciones, es no seguir el ejemplo de nuestro patrón, a quien tenemos la suerte y el honor de honrar, y es no vencer el príncipe del mal.

Por eso podemos preguntarnos: ¿Qué podemos hacer desde nuestra situación personal o profesional ante estas situaciones?

Somos conscientes de estas realidades, pero conocemos de sobra nuestras debilidades y las debilidades de las instituciones que representamos. ¿Qué podemos hacer, entonces? No nos queda sino pedir la ayuda del Altísimo, que lo puede todo, pero que normalmente no actúa sin nuestra libertad, necesita que le dejamos espacio para hacerlo, sorprendentemente necesita nuestra colaboración. Con la ayuda de Dios podemos más de lo que podemos imaginar. Para Dios nada hay imposible.

Y este compromiso a favor de la justicia, de la paz, de la fraternidad a la que nos llama el Señor debemos vivir con un gran sentido del humor, del que More fue un maestro como tanta gente de su país. Mirad, el humor es fruto de la confianza en Dios, de saber que él está con nosotros y que no nos abandonará nunca. Esta confianza en Dios fue forjando Tomás Moro con la oración.

Recordemos las palabras que Tomás Moro dijo al verdugo que debía matar: ” Fíjese que mi barba ha crecido en prisión, es decir, ella no ha sido desobediente al rey. Por tanto, no hay motivos para cortarla. Permitidme que la aparte “.En un momento tan importante y doloroso como es la condena a muerte, sabe reflejar la paz a través de estas palabras de humor que brotan de la confianza en Dios. Y en el momento de su muerte añadirá: “Muero siendo el buen sirviente del rey, pero primero de Dios” .

Los cristianos no podemos perder este don precioso de la alegría, de la confianza en Dios, que es Padre y que cuida de nosotros. Pidámosle que nos conceda este don de la alegría que de forma tan bella describió el gran viajero que fue San Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor! Lo repito, estad alegres Que todo el mundo le conozca como gente de buen trato. El Señor está cerca. No se inquieten por nada. En toda ocasión acuda a la oración ya la súplica presentadas a Dios vuestras peticiones acompañadas de acción de gracias. “ (Filp 4,4).

Como ha cambiado nuestro país! ¿Qué ha pasado para que los políticos no puedan hablar públicamente de Dios y de sus creencias? En este sentido me gusta ver como en muchos países del mundo occidental, los políticos, incluso los presidentes, comienzan sus alocuciones invocando a Dios y acaban encomendándose a Él. Os animo a que reflexionemos e intercambiamos impresiones sobre el motivo por el que la idea de Dios, el mismo trato con Él, han sido apartados de la esfera pública.

Termino con un fragmento de la oración que el santo mártir repetía muy a menudo y que inculcó a sus hijos ya las personas más cercanas: “Señor, ten a bien darme un alma que desconozca el aburrimiento, que desconozca los murmullos, los suspiros y las lamentaciones, y no permitas que me preocupe demasiado en vez de esa cosa que impera, y que se llama YO …

Obsequiarme con el sentido del humor. Concédeme la gracia de entender las bromas, para que pueda conocer algo de la felicidad, y sea capaz de dar a los demás. “

Amigos, que el Señor os bendiga y os guarde siempre. Trabaja siempre por la justicia, la verdad y la paz. Y no tenga miedo de nada ni de nadie. Ponga siempre su confianza en el Señor. Amén.