Navarra la conquista del Reyno

Pedro Charro Ayestarán 
 Pamplona, mayo 2006

En el año 2005 el Gobierno de Navarra encargó a una agencia publicitaria el diseño de una nueva imagen y de una campaña promocional. Navarra es una comunidad que está en la vanguardia de España en cuanto indicadores de riqueza y bienestar, con el mayor gasto público por habitante, un territorio con gran variedad de zonas y paisajes, con buenas comunicaciones y con unos servicios sanitarios y sociales punteros, pero que nunca ha logrado atraer prácticamente visitantes. Parece que a Navarra no viene la gente salvo por obligación, parentesco o enfermedad grave –la Clínica Universitaria tiene gran prestigio- y no logra estar presente en las rutas turísticas y de ocio. Además, el conocimiento que en el resto de España se tiene de ella es muy escaso, y no es extraño que haya gente que al ser preguntada no esté segura de si Navarra pertenece al País Vasco, o es una comunidad aparte, o si existe algún vinculo entre ellas. En cierto modo hay una extraña complementariedad entre los propios navarros, poco más de medio millón, que en general perciben a Navarra como un lugar mejor que el resto, (como aquí, en ninguna parte) de la que nadie en sus cabales se quiere marchar, y el resto de humanos que, contra toda evidencia, no parecen tener gran interés en acercarse por aquí.

El resultado de la campaña diseñada consistió en la creación de la marca “Reyno de Navarra. Tierra de diversidad” que, según sus autores, pretende “ligar Navarra a la tradición, a la autenticidad de la tierra y de las gentes que lo habitan”. Este ambiciosos propósito se ilustra, además, mediante un símbolo circular que parece un rosetón de colores, o tal vez una joya. La joya de una Navarra diversa y amable, una tierra de muchos colores, dispuesta a acoger al viajero remiso, a asombrarle con paisajes espectaculares, pimientos del piquillo y patrimonio histórico, y que se muestra con un lifting recién hecho, prescindiendo por una vez de sus antiguas y pesadas cadenas.

Lo cierto es que esta expresión, Reyno de Navarra, un pelín arcaizante, con su “y”, pretendía resumir, seguramente, la trayectoria histórica de Navarra como antiguo reino peninsular anterior a la propia Castilla, que mantuvo su independencia hasta comienzos del siglo XVI y desde entonces conservó su autonomía y sus fueros en las más complicadas tesituras políticas, incluido el franquismo. Navarra es un viejo reyno, viene a decirse, una comunidad, pues, de gran solera histórica. Un reyno, además, de sensaciones, de paisajes, de experiencias, de quesos de oveja y paseos por los hayedos y las Bardenas.

Para la campaña del Reyno de Navarra no se escatimaron medios, hasta el punto que su ambiciosa difusión en todos los medios, incluyó la aportación de fondos a Osasuna para que su estadio cambiara el nombre de “El Sadar”, por el de “Reyno de Navarra”, osadía nunca vista en un asunto tan explotado ya como el fútbol. Sin embargo, en el mes de abril de 2006, tras el anuncio por ETA del alto el fuego permanente, Navarra recibió un alud publicitario superior a toda la meditada y costosa campaña del Reyno: Navarra, de pronto, comenzó a salir citada diariamente en los periódicos y los telediarios.

Navarra, se aseguraba por todos, no es moneda de cambio. Navarra, decía la inexistente Batasuna ante los micrófonos, es la columna vertebral del proceso, la Jerusalén vasca. Navarra será lo que quieran los navarros, declaraban los Imaz, los Moraleda, los Pepiño Blanco, con su habitual tono enfático, como si ser navarro fuera ser omnipotente o no hubiera ninguna pista de que es lo que los navarros han venido expresando en las elecciones democráticas durante décadas.

A vueltas con la Disposición Transitoria

En la propia Navarra, mientras tanto, esta publicidad masiva y gratuita se ha vivido con nerviosismo e inquietud, al menos en los medios políticos, como si de pronto fuera a revivirse la convulsa época de la transición, o se hubiera puesto en peligro un equilibrio inestable. El status político de Navarra es el único que tiene una disposición constitucional que contempla un mecanismo concreto para su modificación (Disposición Transitoria cuarta), previsto justamente para el caso que quiera incorporarse al País Vasco. Esta disposición dota al régimen foral navarro de cierta “interinidad”, como si fuera una situación de “mientras tanto”, si bien el camino que marca para la incorporación resulta complicado, pues exige una previa mayoría absoluta favorable a la integración en el Parlamento de Navarra y una ratificación popular posterior. Por tanto, para que los navarros puedan ser consultados por este cambio de status, para que “los navarros puedan decidir” se requiere que las fuerzas políticas ya hayan aprobado previamente por mayoría, en el Parlamento de Navarra, la incorporación.

Con ello, se crea una situación sibilina en la que, quienes cuentan con el respaldo mayoritario electoral, no pueden de hecho propiciar una consulta popular que refrende su posición, salvo en la esquizofrenia de votar en el Parlamento a favor de la incorporación para luego, sometida ésta a referéndum, hacer campaña en contra de lo que han votado, para lograr que su propuesta sea rechazada.

Por contra, quienes no tienen posibilidad alguna de triunfar en un referéndum, (hoy por hoy, la minoría nacionalista en Navarra) son los que con más entusiasmo lo están reclamando. ¡Que se deje a los navarros decidir! ¡Son los navarros quienes deben decidir su futuro! ¡El señor Sanz tiene pánico a que Navarra se pronuncie!, Reclaman quienes serían derrotados por goleada en una consulta popular, a sabiendas del galimatías que supone esa consulta, del éxito que por sí solo sería lograr convocarla y de que, al proponerla, aparecen como demócratas despechados por una mayoría que tiene algo que ocultar.

Preguntado en la revista digital de “Basta Ya” el día 7 de mayo, el Presidente Sanz señala que “quien quiera proponer un referéndum, que logre la mayoría en el Parlamento y lo convoque”, lo que aunque resulte obvio, parece que resulta preciso volver a recordarlo en este momento.

La situación política, así, tiende en Navarra a una cierta inmovilidad, cuando no a la parálisis, a que todo se quede como está. Así, no es extraño que la ponencia que estudiaba en el Parlamento navarro la posible modificación de la Ley de Amejoramiento del Fuero de 1982 –algo así como el Estatuto de Autonomía para el régimen foral navarro- acaba de cerrar sus trabajos sin resultado alguno, y sin llegar a un acuerdo sobre la oportunidad o no de pedir la supresión de la Transitoria Cuarta, levantando acta de lo complejo que es dar cualquier paso en este asunto.

Lo cierto es que desde el Amejoramiento de 1982 y su posterior desarrollo, Navarra había logrado una prospera estabilidad en la que este asunto de la incorporación se había ido adormeciendo y ya no estaba en el debate. Las reivindicaciones nacionalistas, más allá del “programa máximo” se centraban en el uso de lengua, en la invocación de una Navarra distinta, hermanada por fin con su naturaleza euskaldun, y en la denuncia del integrismo navarrista de UPN y la tibieza del PSOE, junto con la queja por la dificultad de vivir en una Navarra “en la que muchos navarros nos sentimos incómodos”. (Incomodidad que nada que ver por cierto, con la situación que han soportado los no nacionalistas en Euskadi).

El peso del nacionalismo vasco en Navarra

El nacionalismo vasco en Navarra, en todas sus variantes, apenas supera en sus mejores momentos un respaldo electoral del 20% de votantes, siendo Batasuna, en sus distintas marcas, la formación hegemónica. En las elecciones forales del 2003, sin Batasuna, entre Aralar y EA-PNV sumaron el 16% del voto emitido (47.000 votos), frente al 21% (63.000 votos) obtenido en 1999, con la presencia de Euskal Herritarrok y en plena tregua de ETA.

En las elecciones generales de 2004, el trío Aralar- EA – PNV, junto con independientes y con la inevitable guinda izquierdista de Batzarre, sumaron fuerzas para tratar de unificar todo el voto nacionalista y atraer a los votantes de ilegalizada Batasuna, mediante la coalición “Nafarroa Bai” (NA BAI), con la que lograron 60.000 votos, y un valioso escaño que propició la visibilidad de una Navarra nacionalista vasca en el Parlamento español (mientras los tres diputados de UPN están camuflados en la bancada de PP). Así, la ronda de consultas que el Presidente Rodríguez Zapatero realizó en abril para conocer el criterio de los portavoces parlamentarios respecto al alto del fuego de ETA, culminó el 26 de abril con la entrevista con la “representante de Navarra” Uxue Barkos, quien salió de la Moncloa “más convencida todavía de lo que estaba” de que el futuro de Navarra “no está dentro del proceso de paz” y ofreció a Zapatero “todo el apoyo y colaboración” para dicho proceso.

Lo cierto es que pese a la predicación del nacionalismo vasco en Navarra, la posibilidad de que los navarros lleguen por sí solos a la tierra prometida de la Euskalherria política, donde manarán la leche y la miel, no parece muy probable. Ni siquiera el aumento en estos años de una difusa conciencia vasca entre la población, con escolarización en modelos bilingües, ikastolas, (sin olvidar la pujanza del sindicalismo nacionalista), ha hecho cambiar la situación, en la que a la hora de votar, la gente sigue votando a UPN, un partido cuyo mensaje central es la defensa de la identidad de Navarra, y sigue castigando al PSN (Partido Socialista de Navarra-PSOE) por la vergüenza de los años de Urralburu y Roldán, que no terminan de borrarse del todo.

Los datos de las última elecciones forales del 2003 mostraban que el PSN seguía estancado en el 21% de los votos, (obtuvo el 20,8% cuatro años antes), con el agravante, además, de que cuando las elecciones son generales, mejora significativamente, mientras que UPN doblaba de nuevo esos apoyos, manteniéndose en el 41%. (Datos de elecciones al Parlamento navarro.

Las elecciones del 2003 demostraban, pues, la pujanza de UPN, frente a un nacionalismo a la baja, y un PSN que, pese a estar en la oposición, apenas recomponía sus apoyos, lastrado por una duda maquiavélica, oportunamente trasladada al electorado: votar socialista es votar por un gobierno con los nacionalistas, pues es imposible que el PSN pueda formar gobierno en solitario. La endeble alternativa de Lizarbe en el 2003 fue vencida, además de por sus propios méritos, por esta convicción, que se vio confirmada enseguida cuando El PSN llegó acuerdos con los nacionalistas en varios ayuntamientos importantes, entre ellos Barañain.

Sin embargo, la victoria del 2003 no dio a UPN la mayoría absoluta, (lo que resulta siempre muy difícil en un parlamento muy fragmentado) para la que tuvo que contar con tres parlamentarios del CDN de Juan Cruz Alli. El PSN, por su parte, se deshizo de Lizarbe, y eligió una nueva dirección encabezada por Chivite, menos proclive al acuerdo con los partidos nacionalistas. Sin embargo, Chivite, a pesar de apresurarse a dar pruebas de su navarrismo, se vio enseguida en las mismas dificultades que Lizarbe para despejar las dudas de un electorado poco crédulo, al que bastaba mirar alrededor para ver cómo la doctrina oficial y la práctica real del partido de Zapatero, allí donde resulta posible, es pactar con los nacionalistas y desbancar al PP a toda costa.

Alto el fuego permanente

Así llegamos al mes de marzo de 2006, en el que la inminente tregua de ETA va a mover de pronto las fichas del tablero. A mitad de la legislatura UPN, que lleva casi 11 años en el gobierno, (15 si descontamos el breve lapso de unos meses del gobierno de Otano), opta por la continuidad de su candidato, Miguel Sanz, con un cierto reconocimiento de la imposibilidad de un recambio.

El PSN, por su parte, juega una especie de don Tancredo, intentando obviar como puede la lacra de su necesario pacto con los nacionalistas y confiando que el desgaste de los regionalistas le allegue algunos votos. Na Bai, se dedica a dar parabienes y sonreír ante las “potencialidades” que se abren en esta nueva e ilusionante situación, que confirma que su proyecto de ser “quien cambie el mapa político de Navarra”, tal como viene predicando desde hace tiempo, puede materializarse en el 2007. Las previsibles nupcias con el PSN, en todo caso, cuentan eso sí, con el interrogante que supone la posible vuelta de Batasuna, tal vez legalizada para el 2007 tras haber recorrido algún tramo en el buen camino, quien podría recuperar gran parte del voto prestado a NA Bai en las elecciones pasadas. No se sabe, en esta política ficción, si Batasuna podría ser un temible competidor… o un digno y preciado miembro de la coalición NA BAI, convertida de pronto (de la sinuosa política italiana acude la bella imagen del sorpasso) en segunda fuerza política de Navarra.

En Pamplona, en el flamante palacio de congresos del Baluarte, joya de la corona de esta legislatura de la alcaldesa de UPN Yolanda Barcina, tiene lugar una gran exposición que se llama “La edad de un Reyno” (de nuevo, el Reyno) que reúne 270 obras sobre Sancho Mayor y el mundo románico de los siglos X al XIII, procedentes no solo de Navarra, sino de archivos y museos de Francia, Alemania y hasta EEUU y Rusia, que ilustran de forma elocuente la importancia de la Navarra medieval, su rico patrimonio histórico y su importancia en el surgimiento de la monarquía hispánica.

La muestra se cierra, después de tres meses, el 3 de mayo, habiendo recibido 65.000 visitantes.

La opinión pública, de pronto, se ve sacudida por la crisis sindical en Volkswagen, cuya dirección, ante la falta de acuerdo de los sindicatos LAB, ELA y CCOO, (enfrentados a la UGT que propone y no logra un referéndum para aprobar el convenio) amenaza con deslocalizar parte de la producción y asiste en las semanas sucesivas a un emponzoñamiento del conflicto, donde los sindicatos no logran ponerse de acuerdo y la dirección sopesa un plan para reducir la producción en la planta de Landaben.

La tregua de ETA trae de inmediato, como una antorcha pegada a la cola de un zorro, la presunta reivindicación de Navarra, los comunicados, las invocaciones, las suspicacias. Sanz entiende que la situación es grave y que Navarra puede ser objeto de negociación en el llamado “proceso de paz”. Incluso acusa a Zapatero de haber pactado en secreto sobre Navarra, y haber comprometido ya la formación de un “órgano común permanente” entre Navarra y Euskadi, una experiencia que ya se intentó poner en marcha en el año 95, en el fugaz gobierno tripartito presidido por Otano, que acabó al descubrirse una cuenta en suiza a su nombre.

Los socialistas replican con energía a UPN, acusando a Sanz de tergiversarlo todo, de acusar sin pruebas y de tratar de sacar rédito electoral, y declaran que no propondrán el órgano común y que Navarra no está en la agenda, y no puede ser objeto del proceso de paz. Alguno añade que lo que pasa es que UPN no quiere la paz. El inconmensurable Pepiño Blanco, siempre exigente con los conceptos, puntualiza que no puede estar en cuestión en el proceso de paz, puesto que el proceso no existe.

Por si fuera poco, son empresarios navarros los que reciben cartas de extorsión después de la tregua, y es en Navarra donde se produce un atentado en toda la regla, en el que una bomba arrasa el establecimiento del portavoz de UPN en Barañain. La población, desconcertada, contempla en televisión la bajera humeante y el desalojo de las familias del edificio, mientras asiste a un cruce de declaraciones en las que el delegado del Gobierno central, haciendo coro a sus principales, intenta a toda costa exonerar a ETA de este hecho, otorgando parabienes a la declaración del ceñudo Permach, quien considera el incidente como “grave”. En los días siguientes, conforme la fase de “verificación” no sufre nuevos contratiempos, el gobierno declara primero que todas las hipótesis están abiertas, y después que ETA “no lo ordenó”, (mientras Miguel Sanz dice tener datos de lo contrario) y termina con el Ministro del Interior definiendo el ataque como “un asunto local”, degradándolo de esta forma a no se sabe bien qué.

Proceso de paz y cambio político en Navarra

La diligencia del gobierno a la hora de apagar el fuego de Barañain, y su insistencia en garantizar que el proceso sigue en marcha y va de veras, además de los datos más o menos fiables que la prensa desvela, refuerzan la extendida convicción de que el llamado proceso de paz ha sido precedido de unos contactos durante meses. Que es lo que puede haberse hablado o comprometido, solo el tiempo nos lo dirá. La fallida tregua de 1999 suministró un gran material a este respecto. Es lógico confiar en que las enseñanzas de la tregua anterior, tras el Pacto de Lizarrra, hayan servido para algo y que en la situación de debilidad y práctica derrota del terrorismo de ETA, el gobierno se haya cuidado de alentar la idea de que es posible atender alguna pretensión política, premiando así la ciega e insoportable insistencia de una violencia fanática que no lo merece.

Sin embargo, la verborrea del mundo abertzale radical tras un alto el fuego, que se nos ha vendido como la supuesta rendición mas o menos disimulada de ETA, sigue encerrada, además de en los presos, en la habitual reivindicación de la territorialidad y del derecho a decidir, lo que nos retrotrae de nuevo a un exasperante “mas de lo mismo”, a la Jerusalén vasca, a Pernando Barrena explicándonos que una Navarra verdaderamente libre solo es imaginable en el contexto de una Euskalherria verdaderamente libre, a que Navarra aparezca en el medio del escenario, como oscuro objeto deseado. (Mientras escribo esto, ETA vuelve a las andadas en un nuevo comunicado.)

Antes que en estas zarandajas, sin duda, hemos de creer Zapatero y al PSOE cuando nos repiten que “Navarra no está en el proceso de paz, ni va a ser moneda de cambio”, pero sin descartar que este tipo de desmentidos, como es usual en la política, valen lo que valen. Navarra no estará en la mesa de paz, tal vez quiere decir también que se deja “para la otra mesa”, aquella que propone desde muchas instancias (incluido algún redentorista con alzacuellos) para que los partidos, en un fructífero dialogo sin cortapisas, (y sin Parlamentos) y en ausencia de violencia, se pongan por fin de acuerdo.

¿Qué va a hacer en este “escenario” Navarra? ¿Es posible prever un cambio de orientación sustancial, que ponga en cuestión el autogobierno de Navarra como comunidad diferenciada, con sus propias instituciones basadas en su vieja historia como reino –como reyno- que desembocan en el amejoramiento del fuero de 1982? ¿Es posible que Navarra quede inmóvil en medio del temporal, al margen de los cambios estatuarios que se están produciendo en otras comunidades? De pronto, la más histórica de las comunidades históricas, la que ha mantenido ininterrumpidamente su autonomía y su régimen fiscal propio, la que es capaz de mostrar de forma inequívoca sus glorias del pasado, contempla como se va quedando atrás en la carrera frente a otras comunidades que incrementan su nivel competencial e incluso, como en caso de Cataluña y el País Vasco, caminan hacia una fórmula más o menos confederal, configurándose en auténticos campeones de poder periférico. ¿Es posible, por último que Navarra sea capaz de sobreponerse a una coyuntura complicada como una crisis del sector automovilístico que cuestione su viabilidad económica?
Demasiadas preguntas. Lo cierto es que ahora, como en 1977, todo pasa por el posicionamiento del Partido Socialista, quien tiene en su mano la continuidad o el cambio político del status de Navarra.

El dilema del PSN

Hay que decir que plantearse un cambio radical de posición de los socialistas en este asunto resulta ilusorio. Ni los socialistas pueden –ni con seguridad, quieren- acometer un viraje político de este calibre, que supondría seguramente su suicidio político en Navarra y que no podría explicarse salvo como una vergonzosa cesión política a ETA.

Sin embargo, el PSN, tal como se ha apuntado ya, está condenado a entenderse con los nacionalistas para articular una mayoría que desaloje del gobierno a UPN, y está a la vez obligado a allanar el camino hacia la paz emprendido por Zapatero, para quien en ausencia de violencia todo es posible. Así que alguna concesión, en este complejo cruce de obligaciones y condenas, tendrá que hacer. Es pues una cuestión de tempos y de límites, en un proceso que se anuncia siempre como “largo y complicado” y en la que no cabe remitirlo todo al latiguillo de que en todo caso serán los navarros quienes decidan su futuro. Una vez elegidos, los representantes políticos hacen un montón de cosas –entre ellas, pactos post electorales) que no habían explicado previamente sus votantes, máxime si deben hacer frente a retos imprevistos o a grandes encrucijadas

La vida política de los últimos años viene demostrando que con el suficiente trabajo en los medios y mediante las maniobras oportunas todo acaba colando: las motivaciones de una Opa, el Estauto de Cataluña o la realidad nacional de Andalucía. La política ha interiorizado que la velocidad y la eficacia hacen que la gente olvide enseguida cualquier escándalo (sustituido enseguida por otro) y aplauda únicamente el resultado, y a la postre que Navarra tenga estos o aquellos relaciones institucionales con una comunidad vecina, es algo que en Murcia, por decir algo, no tiene gran importancia.

El propio Alli, cuyo Partido gobierna en coalición con UPN y que en su día lo hizo con el PSN y EA, ha declarado que cuenta con datos de que Batasuna ya habría adelantado al Gobierno que se conformaría con el “órgano común permanente”. Algo que, desde luego, estaría muy lejos el maximalismo habitual de Batasuna en el capítulo de Navarra. De ser esto así, parece un pago muy escaso para un fin tan preciado como el final definitivo de la violencia, dado que un organismo de ese tipo, de por sí, no deja de ser algo irrelevante.

Pero ese es justamente, la cuestión. ¿Para que hacer un órgano irrelevante solo porque lo exige como una especie de pago simbólico el nacionalismo radical y puede que ETA? Las comunidades autónomas firman continuamente acuerdos y convenios de cooperación y crean organismo de colaboración para los temas más variados. Incluso lo hacen por encima de las fronteras de los Estados, para solucionar problemas comunes en ambos lados. Pero estos convenios son para cosas concretas, (en estos días, por cierto, se ha firmado uno entre Navarra y Guipúzcoa para la reforma de la endiablada carretera a Irún, algo que sí separaba a Navarra del País Vasco) mientras que la cooperación del famoso órgano es una cooperación permanente para nada en concreto, y que no surge desde abajo, a raíz de un problema cierto al que haya que responder en común, sino desde arriba, para relacionar la cúspide de las Comunidades, los Parlamentos tal vez, y luego, al parecer, ya se verá para qué.

Llama la atención que la propuesta de un organismo de este tipo, ignore, como quien trata de inventar la pólvora, que Navara y el País Vasco tienen de por sí infinidad de contactos, relaciones y están imbricadas desde siempre por su vecindad, por vínculos familiares, culturales, lingüísticos, geográficos de todo tipo, y todo ello porque pertenecen desde hace siglos a una instancia política común que es España, marco en el que han convivido y han desarrollado su cooperación. Son, con la elocuencia de una verdad de perogrullo, parte del mismo país. De todo lo cual prescinde olímpicamente la idea del órgano común, que parece querer empezar a establecer las relaciones de la nada, como quien tratara de que los novios comiencen a conocerse.

De otra parte, esta por ver cual sería la respuesta de Navarra a una deriva de acercamiento al País Vasco. Aquella Navarra de la gamazada, la defensa de los fueros y las tradiciones pertenecen en buena medida a otro tiempo. El legado de consenso de la transición, es un activo que estamos viendo dilapidarse en gran parte de España a toda prisa. Es posible que existe una reacción de indignación y un frente de rechazo a una política de cesiones, (de hecho, ya ha empezado) pero también es cierto que en un proceso en que está en juego el fin de la violencia y donde en lo que respecta a la reorganización del Estado, casi todo es posible, un cierto cambio de situación no sería tan escandaloso.

Con el horizonte del 07 y la previsible legalización de Batasuna, la posibilidad de desbancar a UPN del gobierno de Navarra mediante una coalición con los nacionalistas no es ninguna entelequia. Está por ver cuales son los mimbres para que el PSN lleve a cabo este proyecto, y quienes de sus actuales caras públicas pueden seguirle en este camino. La experiencia, en todo caso, demuestra que los Partidos van dejando a los disidentes o timoratos en la cuenta sin ningún problema y que raramente estos se prestan a dar la batalla intra eclessiam.

Algún lector que me haya seguido hasta aquí recordará tal vez la imagen de hace un par de años en Hondarribia, cuando se inauguró una escultura de Sancho el Mayor -el de la exposición de la edad de un Reyno- como “rey de Euskalerria”. Navarra ofrece al proyecto nacional vasco el desahogo de su territorio y sobre todo unas credenciales impagables. Navarra, como supuesta organización política de los vascos en el pasado, es un mito que viene como anillo al dedo a las quimeras nacionalistas. Para la conquista de este y otros reynos imaginarios, sin importar el tiempo, hay quienes no escatimarán esfuerzos.
Pamplona, mayo 2006

Pedro Charro Ayestarán